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Mujer con discapacidad visual entrega esperanzador testimonio de emprendimiento

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Valeria  Aguilar (46)  sorprende por su optimismo. Es ciega, pero para nada esta discapacidad  le ha impedido desarrollar una vida normal. Nació en Illapel, pero hace 26 años  vive en Las Compañías. Antes de llegar  a la población Nuevo Bicentenario, vivía con su suegro en calle Valparaíso al llegar a Aurora. Viajó a La Serena para estudiar, pero confiesa que cambió los estudios por  el matrimonio,  aunque no descarta retomarlos.

Otra de las motivaciones para trasladarse a la capital regional, fue   acceder a mayores posibilidades para sobrellevar su ceguera. “Necesitaba que me ayudaran en el colegio de ciegos. Requería apoyo  para ver el pizarrón y seguir estudiando, por eso que después cambié los estudios por el amor (risas)”, manifiesta.

Enfrentando la frustración

 A Valeria le diagnosticaron desde su nacimiento una retinosis pigmentaria y no esconde que el inicio fue complejo y a ratos frustrante. “Al comienzo me sentía como un mueble, porque no tenía posibilidades de aprender a caminar o a escribir de nuevo. Pero, cuando me dieron la posibilidad de acceder al colegio de ciegos, pude hacerlo, volví a caminar y aprendí a escribir en braille”, sentenció.

Con esfuerzo ha logrado salir adelante. “En mi casa me desplazo bien, cocino y hago de todo. No me siento frustrada, aunque sí lo estuve antes de ir al colegio de ciegos, porque insisto, me sentía como un mueble más, pero ahora no, depende de mí hacer las cosas”,  subraya con fuerza.

Su actual pareja, a quien conoció en el colegio de ciegos, también  posee una leve discapacidad visual.

Reconoce que en el desarrollo de una vida normal, las nuevas tecnologías han sido clave, sobre todo el celular. “Leo novelas y  los billetes a través de una aplicación, las cuales están más accesibles a uno”,  ratifica.

Admite que lo más complejo que debe sobre llevar es el desplazamiento. Su actual residencia del pasaje Sotaquí es aún peor,  porque el inmueble está en una pronunciada bajada. “No me atrevo a desplazarme sola, porque estoy en una bajada extrema. Además, por la imprudencia de los conductores, prefiero no salir. Cuando vivía en calle Valparaíso (Las Compañías), tomaba el bastón y salía, pero acá es distinto, no me muevo por los peligros que hay afuera”, sentencia.

Su sueño inconcluso fue transformarse en doctora, “siempre me ha gustado ayudar a las personas y me encantaba biología, estaba metida en la Cruz Roja y quería saber todo lo relacionado con la medicina. Pero, aunque lo hubiese estudiado, no me hubieran dado la posibilidad de trabajar por el hecho de no ver, pero sí estudie para hacer masajes”, profundiza.

Cultivando  la artesanía

Una de las labores a las que le dedica mayor tiempo y le permite complementar los ingresos de su pensión, es la artesanía en lana. Su habilidad para tejer impresiona.  Adquirió los primeros conocimientos en un taller del colegio Luis Braille  de La Serena  y hoy se dedica a confeccionar piezas  en su hogar que luego vende entre amigos  y familiares.  Es por ello que su apuesta es consolidar este emprendimiento  y adquirir  la materia prima suficiente para confeccionar los trabajos. “Que me dieran la posibilidad de tener mis cosas y poder venderlas en algún lugar. Para el tema del tejido sólo se requiere tacto, me encanta hacer conforeras y  cojines”, resalta. 

Valeria proyecta un positivismo que contagia. “Lo negativo no vive conmigo, soy más positiva”, pese a que reconoce que no siempre fue así. “Antes que me dieran las herramientas para yo poderme mover, todo era  negativo. Estaba frustrada porque  me sentía un adornito y pensaba que no podría estar sola y hacer mis cosas si me salía la casa, pero se me dio todo. La gente que ve es la que piensa que uno no puede hacer cosas, por el hecho de que nos falta la visión”.

Es la mayor de  dos hermanos quienes no padecen la afección que ella sobrelleva. “Salí con el premio (risas), pero mis padres están más conforme de cómo estoy ahora, porque me conocieron de otra forma.  Era muy amargada, por el hecho de ser la única en la familia con la discapacidad”,  reconoce.  Pero, insiste que su chip cambió cuando ingresó a estudiar movilidad luego de casarse. “Lo que uno tiene que hacer es pensar siempre positivo, porque con las capacidades que uno tiene puede salir adelante, porque uno desarrolla otros sentidos. A mí me faltó más apoyo  y que me dijeran, ‘sí, tu puedes’. Hay muchos niños que son como yo y muy habilosos”, subrayó.

La emprendedora destaca que uno de sus mayores logros, hasta ahora,  es haber alcanzado su casa propia, “peso  a peso, hasta que me dijeron que había una posibilidad de postular en un comité. Rompí el chanchito y tenía justo la plata que me pedían, siempre he sido así de ahorrativa.  Juntamos el dinero de mi marido, además,  del dinero de las cosas que fabricaba”, complementa.

Inspiración de superación

La presidenta de la  Junta de Vecinos Nuevo Bicentenario, María Constanza Díaza, admite que es una verdadera lección de vida tener a Valeria en su agrupación. “Ha sido una socia muy activa que ha participado en todo, incluso, hasta en clases de baile. Ella nos inspira, nunca está  triste y es muy alegre, solamente irradia luz y felicidad para el resto. Por lo que es un privilegio tenerla en nuestra comunidad y la valoramos mucho por su entrega”, enfatiza.

De la misma forma reconoció el esfuerzo por alcanzar sus metas, “se las ingenia para que las cosas de una u otra  forma puedan salir y buscar una solución, lo que es maravilloso. Hoy día nos quejamos por cosas tan básicas y a la larga uno con ella se motiva para darnos cuenta que cuando uno quiere, puede. Es una inspiración, por lo que apelo a las personas para que la pueden ayudar con materiales y pueda seguir creando con sus tejidos”, sentenció.

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